ESPECIES 'INVASORAS'

ESPECIES INVASORAS 24jun2020

 

ESPECIES «INVASORAS»

 

Por KEPA TAMAMES       

 

Nos hemos acabado acostumbrando a oír la etiqueta, hasta hace no tanto apenas conocida para el gran público. Denominamos así a las especies vegetales y animales colonizadoras de espacios ajenos a su hábitat natural, debido a la actividad humana, sea o no esta deliberada. Pretendo aquí hacer algunas reflexiones sobre los efectos de dicho fenómeno en los animales, precisamente, desde su calidad de entidades biológicas sintientes, y por tanto el campo natural de la entidad a la que represento.

Coronadas por semejante cliché («invasoras»), parecería una irrupción fríamente prediseñada, y ejecutada luego con las más aviesas intenciones. Uno se imagina al comando de loritos brasileños en reunión clandestina, ante un enorme mapa de Europa sobre la mesa, y al comandante en jefe comunicando fecha y hora de la acción (nocturna, como manda el más elemental protocolo invasivo). Los humanos se despertarían un día con sus parques poblados de ruidosas cotorritas y sus ríos con un morador extra: el visón americano. También tortuguitas de Florida, y hasta alguna que otra serpiente pitón hasta entonces solo vista por la comunidad local en documentales. Ante tal panorama, quedaría bien justificada una suerte de 'legítima defensa', simple eufemismo para 'eliminación a ultranza de tan intrusos seres', siendo que desplazan estos a la fauna autóctona, generando con ello el siempre indeseable desequilibrio ecológico.

Sin embargo, no es tan elemental (y sobre todo surrealista) la razón por la que aves y reptiles extranjeros moran ahora nuestro espacio, y con harta frecuencia lo deslavazan. En efecto, somos los humanos los únicos responsables del escenario, cuyas peores consecuencias, sin embargo, pagan siempre ellos. ¿Cuán “terribles” son tales consecuencias?

Sabido es que casi todo por estos lares funciona según la oferta y la demanda. Pero no necesariamente en similar proporción ni por cronología dada. En el caso que nos ocupa, primero fue la oferta, y luego el capricho quiso que la demanda confirmase un comercio tan lucrativo como criminal. Sin venir a cuento, y como quien compra una pelota de goma, alguien adquirió en su momento una pareja de simpáticas (¿?) tortuguitas de Florida, junto con el tristísimo terrario de plástico, dotado de una «isla» deprimente y una palmera lamentable. Resultado estético pésimo. Pero no tratamos aquí de estética sino de ética.

Hay en general dos posibilidades futuras para la pareja de quelonios: que sus «ciudadores» sean unos perfectos «descuidados», o bien que les ofrezcan algo [mucho] mejor que el hábitat descrito. Si es lo primero (con diferencia se lleva la palma estadística), los animalitos comenzarán a decaer más pronto que tarde en lo físico ―y, consecuencia de ello, también en lo anímico, pues eso y no otra cosa es el sufrimiento―, privados de los imprescindibles rayos solares y una alimentación adecuada, entre otros muchos factores. Como quiera que el metabolismo quelonio es lento ―el que corresponde a su naturaleza, en cualquier caso―, ni nos percataremos de su decaimiento hasta que la situación sea irreversible: un caparazón descalcificado y un cuerpo envejecido y enfermo. Desde una perspectiva puramente práctica (obviando en consecuencia toda ética del cuidado), no compensa gastarse en visitas veterinarias diez veces más de lo que costó el pack (tortuguita 1 + tortuguita 2 + tortuguera cutre). Con tal panorama, quizá podamos endosarle el material a un familiar despistado o a un vecino bienqueda, quienes  de todas formas no mejorarán una existencia ya sin solución posible. Los boletos para un final trágico de los animales son prácticamente todos: segura depauperación paulatina, frustración y hartazgo humano, quizá cubo de la basura, acaso retrete…

Mas pensemos que la parejita cae en manos de alguien bastante menos indecente, que de verdad se preocupa por sus necesidades y las considera como lo que son: entidades biológicas sintientes. Las tortugas responderán sin dobleces creciendo y poniéndose hermosas. Nos percatamos entonces de que el apelativo de «tortuguitas» apenas resulta un burdo cebo publicitario. Porque las graciosas tortuguitas son ahora impresionantes «tortugones» que ya ni caben ―en el estricto sentido dimensional― en el terrario por separado, no digamos ya juntas. ¿Qué hacemos con ellas? Construirles una piscina ad hoc en el amplio jardín siempre es una buena idea… a menos que no tengamos jardín, ni amplio ni chico. Aparece la mala conciencia y el deseo nervioso de encontrarles un destino razonablemente 'digno'. ¿Pero cuál? Los refugios gestionados por entidades protectoras rebosan de «tortugones» de Florida; en los centros de recuperación hacen limpia cada cierto tiempo; y “liberarlas” en el medio natural supone una condena a la captura y sacrificio sistemático por parte de la administración… sí: ¡la misma que permite la compraventa de especies exóticas, conocedora al dedillo del proceso descrito, y que luego aconseja con paternalismo acusatorio a la ciudadanía que no suelte dichos animales en la naturaleza!

Elegí a las citadas tortuguitas por señalar una especie concreta, aunque fácil es deducir que la historia no cambia demasiado con cualquier otra, tenga pelo, escamas o plumas.

Solo pretendo con el presente texto invitar a la reflexión sobre en qué medida podemos erigirnos, desde un inane desconocimiento, y más desde nuestro más indeseable egoísmo antropocéntrico, en victimarios de seres inocentes, para los que nunca habrá una segunda oportunidad.

En nuestras mentes está cambiar el escenario.

 


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