LA NUEVA “ORDENANZA DE ANIMALES” DE VITORIA CONDENA A ESTOS AL MÁS ESCANDALOSO “APARTHEID”

Manifestamos nuestro más inequívoco desacuerdo con el texto de la llamada “Ordenanza de animales”, que una mayoría entre los grupos políticos municipales apoya sin grandes discrepancias. 

Solo con TU APOYO podremos seguir defendiendo los derechos de los animales 

En primer lugar, simplemente no debe vinculase dicho texto con un supuesto “consenso” entre ayuntamiento y colectivos defensores de los animales (no al menos ATEA), pues el presente documento tiene poco que ver con el borrador inicial. En efecto, mientras a aquel se le han mutilado aspectos debatidos con la tranquilidad que merecen, a este se le han añadido otros fruto del capricho político. Así, el resultado es un engendro que difícilmente merece el calificativo de “proteccionista”. Es por ello que nuestra organización no desea verse relacionada con el presente texto, pues una asociación como ATEA –por su espíritu y por su trayectoria– jamás podría estar de acuerdo con mantener a los perros permanentemente encadenados aun en la “obligación” de liberarlos cada ocho horas. Se necesita una generosa dosis de ingenuidad para creer que dicho extremo va a ser garantizado –o siquiera comprobado de oficio– por las autoridades competentes, cuando no han hecho nada ante casos flagrantes que les han sido presentados en forma de denuncia. 

Apreciamos que parte de la prensa local ha recogido los aspectos más “morbosos” del documento, incidiendo en las limitaciones para que los perros permanezcan libres en espacios públicos, y que la propuesta municipal les condena a un estricto horario (variable según épocas del año). Es difícil no ver en ello lo más parecido a una suerte de “apartheid canófobo”. El sentido común –y sobre todo la experiencia cotidiana– dicta que ha de prevalecer la responsabilidad individual del tutor del animal, y de hecho así sucede un día sí y otro también (pues en caso contrario nos veríamos abocados a continuos conflictos urbanos, extremo que de facto no se produce). Mientras parece del todo razonable llevar controlado (atado) al animal por ciertas vías de tránsito como aceras, o incluso en determinadas áreas peatonales, resulta por igual lógico pensar que en un parque los perros puedan permanecer libres en todo momento. Con independencia de lo que dicten normas de rango superior –en cualquier caso injustas–, en ATEA consideramos que no debe restringirse la movilidad de los perros en determinadas zonas –los clásicos parques son el mejor ejemplo–, pues con ello se castiga de forma injusta a todas las partes (perros y tutores), y no se logra otra cosa que reprimir los instintos naturales y las necesidades biológicas de los animales, que verán así desarrollados con mayor facilidad comportamientos indeseables, y que luego les acabarán a su vez pasando factura. Nuestros perros no merecen esta persecución inquisitorial, sino la consideración debida, en la que sin duda se incluyen espacios libres suficientes para que sean felices. En tal sentido, y si bien ATEA no es en principio partidaria de acotar terrenos (crear guetos, en definitiva), podría aceptar que estos existieran en cantidad y calidad suficientes para garantizar los derechos básicos de perros y humanos: al menos uno en cada barrio, y sin restricción ni horaria ni estacional. 

Por otro lado, observamos que el actual texto de la Ordenanza prohíbe facilitar comida a los gatos y las palomas de la calle, al parecer por “cuestiones de salubridad”. Se olvida que la comida facilitada a dichos animales constituye una mínima parte del total que obtienen, así como que las constantes agresiones a unos y otras quedan siempre impunes, al punto de que –en el caso concreto de las aves–, es el propio Ayuntamiento quien las captura en masa y las gasea sin miramiento alguno en el Centro de Protección Animal de Armentia (obviaremos aquí ironías, pues tratamos con sufrimiento de inocentes). Vemos con ello que el consistorio entra en una dinámica por completo esquizofrénica, y como tal de muy difícil explicación. 

Se ha publicado que la nueva Ordenanza será “más creativa y menos represiva”. Asimismo, que se trata de “una norma avanzada, muy proteccionista”. También que “primero están las personas”. O que “se ha llegado al mayor consenso posible”. Creemos que se trata en todos los casos de ridículos diagnósticos. ¿Qué demonios significa que “primero están las personas”? ¿Que han de prevalecer los intereses del torero sobre los del toro? ¿Que la sociedad tiene que velar por los derechos de quien condena a su perro a cadena perpetua antes que por los de la víctima? El autor de tamaña majadería debería ofrecer explicaciones públicas, aportar los matices que estime oportunos, y quizá desmentir al medio que solo recogió parte de su discurso. Por nuestra parte –y velando por los intereses comunes–, solo deseamos que la declaración esté por completo descontextualizada. 

El documento sigue permitiendo lo que en la práctica supone un auténtico “abandono regulado”, pues la ciudadanía podrá continuar dejando a su animal en el “depósito” de Armentia con solo abonar la tasa correspondiente. Entendemos que esta posibilidad atenta contra el articulo 4.1 de la Ley 6/1993, que establece las obligaciones básicas de todo propietario. Parece olvidarse que el CPA debiera funcionar en exclusiva como albergue temporal para animales desamparados (sin tutor conocido), cuando la realidad es que todo aquel que lo deja allí, en realidad se está desentendiendo de sus obligaciones (las obligadas por la Ley), y además en la cara de funcionarios públicos, quienes ni siquiera tienen el cuajo de recordarles sus obligaciones legales: “…atenderle de acuerdo con sus necesidades fisiológicas y etológicas…”. 

El texto adjunta documentos pormenorizados sobré cómo actuar ante la agresión de un perro, pero obvia comentar nada sobre protocolos de actuación ciudadana ante la violencia (física o psíquica, activa o pasiva) de un humano hacia un animal, cuando estos son casos infinitamente superiores en número y gravedad a aquellos. Quizá este preciso detalle resuma el espíritu antropocéntrico del texto. 

Por otro lado, y aunque por motivos de “practicidad” las asociaciones asumimos en su día este extremo, nada debiera impedirnos reflexionar al respecto. Así, no se comprenden las excepciones generales contempladas para los “perros de asistencia”, pues es de suponer que estos molestarán o resultarán inocuos en la misma medida que sus congéneres “normales”. La lógica dicta que si dos animales observan un adecuado comportamiento en el autobús, debería permitirse –o vetarse– la presencia de ambos con idéntico espíritu, pues resulta objetivamente peregrino (entiéndase arbitrario, y por tanto injusto) permitir el paso a uno y negárselo a otro. Dicho comportamiento no difiere un ápice del más burdo racismo o sexismo aplicado a personas. En tal sentido, consideramos hirientes los apartados que dejan en manos del responsable del establecimiento o medio de transporte la presencia de animales, al tiempo que no le es permitido hacer lo propio –como el más sentido de la ética dicta– con humanos por razones de color, género o estatus social. 

Por cierto… ¿Por qué no se eliminan de una vez por todas los espectáculos donde intervienen animales contra su voluntad? Resulta exasperante oír a los técnicos que, si por ellos y ellas fuera, no permitirían la presencia de animales en los circos, por ejemplo. Alguno a llegado a afirmar apenas hace unas semanas en una emisora de radio local que entiende que “lo que hacen los animales en la pista es antinatural”. ¡Y hasta tres de los cuatro formaciones políticas municipales han confirmado a ATEA que votarían por espectáculos circenses sin animales! Tal y como está redactado el texto, y visto el escasísimo interés de los funcionarios competentes en cumplir la ley, el artículo seguirá siendo un coladero para la práctica impune de abusos contra inocentes.    

Se ha afirmado en la prensa que con esta norma el Gabinete Maroto tiene “la intención de potenciar el respeto hacia los animales”. Parece claro que aquí, o se aplica la empatía “de oficio”, o solo se aprende a respetar a los demás a base de experimentar en carne propia lo que se está dispuesto a justificar –e incluso promocionar– en carne ajena. Dicho lo cual, ATEA se ofrece a hacer ver a los miembros de dicho Gabinete –con su líder a la cabeza– qué siente un toro en la plaza, un tigre rodeado de fuego, o alguien encadenado veintitrés horas al día. Solo necesitamos su permiso por escrito, y nos pondremos manos a la obra.


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