REVOCAN MULTA A UNA PAREJA DE BILBAO POR ALIMENTAR GATOS DE LA CALLE

El Ayuntamiento de Bilbao revocó días pasados la multa impuesta a una pareja de Bilbao por alimentar una colonia de gatos urbanos. Asesorados por ATEA, y a resultas de la Alegación presentada ante el Consistorio tras la sanción impuesta el pasado octubre, éste ha decidido ahora dejar sin efecto la multa impuesta, por considerar que la actividad ejercida se desarrollaba en un espacio privado. Por encima de la satisfacción objetiva que supone para los alimentadores, para ATEA, y por supuesto para los gatos, lo cierto es que quienes hicieron en su día la inspección y elaboraron el informe preceptivo deberían haberse percatado de este importante detalle. Pero prefirieron obviarlo y aplicar con absurda contundencia la normativa vigente (muy interpretable, en cualquier caso) a quienes no pretenden sino ayudar de forma altruista a animales que, lejos de tener la suerte de vivir bajo techo y con una familia, deben buscarse la vida como burdos indigentes.

La tragedia de los gatos de la calle es poco conocida por la ciudadanía en general y por las distintas administraciones en general. Los gatos que forman colonias urbanas en nuestros pueblos y ciudades no tienen un sitio en el medio como sucede con las especies silvestres, y al mismo tiempo tampoco pueden ser considerados en toda su expresión  “animales domésticos”. Es por ello que no poseen de cara a los humanos un estatuto definido; se encuentran por lo tanto “en tierra de nadie”, lo que les convierte en víctimas propiciatorias de toda suerte de desgracias. Creemos que el Ayuntamiento de Bilbao, que no tiene empacho alguno en autoconcederse medallas en materia de protección animal (quizá alguna con cierto merecimiento), debería dar pasos firmes en este sentido, pues está en una posición óptima para ser de verdad un referente en un ámbito tan sensible hoy como la protección de los animales. Una vez tras otra selecciona de su propia normativa los aspectos más agresivos y deshumanizados, mientras relega al olvido aquellos que posibilitan construir nuevos espacios de colaboración de los que todos (principalmente los animales) saldrían beneficiados. A organizaciones como ATEA nos encantaría comprobar que, además de multas “por solidaridad”, acaba por creerse sus propios textos, que en el caso que nos ocupa abren la posibilidad de establecer convenios de colaboración.


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