ATEA SOLICITA QUE NO SE DESTINEN RECURSOS SANITARIOS PARA ATENDER A LOS HERIDOS EN LOS ENCIERROS DE PAMPLONA

ENCIERRO imagen

 

 

Un año más, Pamplona se prepara a celebrar sus fiestas, que en buena medida se sustentan propagandísticamente en la agresión brutal a seres inocentes (los toros), en sus dos versiones principales: corridas y encierros. En este sentido, ATEA desea hacer llegar a la opinión pública su firme rechazo a cualquier manifestación lúdica que implique dolor y sufrimiento gratuito a animales, como es el caso.

Entre todas las formas de violencia que los seres humanos ejercemos sobre los demás animales, quizá las más perversas sean aquellas en las que el maltrato se produce de forma pública; y el hecho de que estén auspiciadas tanto por la administración como por el poder político y mediático no hace sino agravarlo. Así, mientras algunos de estos eventos son percibidos como agresiones en toda regla por el grueso de la sociedad (las corridas de toros, por ejemplo), otros se asumen como tradiciones `inocuas´, o en cualquier caso `menores´, por la trivial razón de que ni se perfora el cuerpo de las víctimas con objetos metálicos ni se les mata durante el festejo: los encierros, en todas sus variantes.

Los encierros constituyen sin lugar a dudas una verdadera agresión psicológica a los animales. En una sociedad que respetase los derechos básicos de todos los animales (y no tan solo los de los humanos), actividades como los encierros estarían prohibidas –y por tanto perseguidas por la ley–, y sus promotores serían considerados verdaderos delincuentes.

La fascinación que mucha gente siente por los tradicionales encierros impide una reflexión objetiva y rigurosa sobre las consecuencias que tienen los mismos para sus verdaderas y principales víctimas: los toros. Si hiciéramos un esfuerzo mental para ponernos en su lugar, comprobaríamos que el auténtico sufrimiento comienza cuando son raptados de la dehesa –el único entorno que conocen–, donde tienen a sus compañeros de manada y espacios que constituyen toda su referencia vital. El traslado a cientos de kilómetros es siempre para ellos una experiencia traumática, por su incapacidad para comprender lo que sucede. Sabemos que el estrés severo sufrido durante el viaje les hace perder kilos de peso, y se han dado incluso casos de muerte por colapso.

Ya en el escenario del encierro, todo está concebido para que los animales corran,  y que lo hagan además en la dirección que los humanos desean. La realidad es que los pobres morlacos se muestran aterrorizados ante una multitud extremadamente hostil que les acosa. Es por ello que, en lugar de atacar a sus agresores (un simple desvío hacia los laterales atestados de corredores  acarrearía gravísimas consecuencias para estos), permanecen juntos durante el recorrido, con el único fin de encontrar así un contacto físico tranquilizante. Ningún toro corre desbocado durante varios minutos en su medio natural, salvo que este severamente angustiado y trate con ello de huir de la fuente de peligro. Además, el asfalto constituye para ellos una auténtica tortura que les provoca una permanente sensación de inseguridad. Durante cada encierro son habituales las caídas y los golpes contra las paredes en los bruscos cambios del recorrido. El hecho de no poder refugiarse de quienes les acosan supone un elemento más de frustración para ellos. Digámoslo claramente: los encierros más famosos del mundo, los de Pamplona, son una burda agresión gratuita a seres por naturaleza pacíficos y huidizos. En consecuencia, ni la tradición ni la aceptación secular pueden legitimar esta canallada.

Pero esta vez queremos ir algo más allá en nuestras reflexiones, y preguntarnos en voz alta por qué han de recibir atención sanitaria quienes voluntariamente participan en dicha agresión colectiva. El tal sentido, nos parecería del todo razonable que, en caso de contusiones o heridas por asta (siendo estas en cualquier caso la consecuencia de una legítima defensa) se deje al corredor a su suerte, pues no parece de recibo gastar recursos sanitarios en “restaurar” personas a las que poco les importó divertirse a costa del malestar de otros. Con los hechos objetivos sobre la mesa, no creemos estar proponiendo nada ofensivo, sino todo lo contrario: que no se atienda a quienes, como consecuencia directa de su participación consciente y voluntaria en los encierros, resulten contusionados. Es al fin y al cabo lo que sucede con los mismos toros a las pocas horas, con la esencial diferencia de que no están ellos allí por decisión propia, sino que han sido secuestrados y condenados a una muerte pública y festiva. ¡Nada que ver! Entendemos que la desatención sanitaria constituiría además la mejor clase práctica de empatía, ese ejercicio moral en teoría tan sencillo, pero que no nos interesa comprender hasta que nos rozan la cara.

 

 

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