CARTA DE ATEA A JOSÉ IGNACIO WERT (MINISTRO DE CULTURA)

Estimado Sr.:

Me dirijo a usted en calidad de representante de la Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA), entidad que orienta su actividad a la lucha contra cualquier forma de violencia, abuso o explotación injustificada de la que puedan ser objeto los animales en nuestra sociedad.

Si deseas que sigamos luchando contra el crimen organizado, APÓYANOS.

En tal sentido, deseo hacerle llegar algunas reflexiones que a buen seguro serán de su interés, habida cuenta del cargo que ocupa en estos momentos. En concreto, quisiéramos trasladarle en primer lugar nuestro disgusto por el inequívoco apoyo que su Ministerio parece estar dispuesto a conceder a la actividad taurómaca en su conjunto, por lo que se desprende de una comparecencia pública reciente. Con independencia de que a la tauromaquia puedan serle aplicadas las etiquetas de arte, tradición y cultura (ciertamente difícil negar todo ello, si nos atenemos a sus oficiales definiciones), entendemos que ninguna entre las mencionada –y cuantas otras resulten razonables– debería justificar una realidad que, obviando factores como la estética, la creatividad o la economía, genera un innegable y severo sufrimiento a seres que, como nosotros mismos, se muestran capaces de percibir tanto el sufrimiento como su contrario, el bienestar.

Sin entrar en detalles filosóficos –o quizá no sea posible prescindir de ellos–, nos gustaría sin embargo trasladarle el que con toda probabilidad constituye el eje teórico del ideario animalista, cual es que todo sufrimiento es idéntico para quien lo padece, al menos desde su perspectiva de indeseable. O, expresado de otro modo: el mismo grado de padecimiento debiera merecernos, dada nuestra calidad de animales éticos, similar consideración. Y nos lleva esto a un escenario bien interesante, según el cual no resultaría necesariamente peor causar el mismo daño a un humano que a cualquier otro animal.

Esta tanda de reflexiones nos conduce, en buena lógica, a la obvia conclusión de que, cuando consideramos que ha de tratarse bien a los perros, y que al mismo tiempo podemos aplaudir y aun promocionar la tauromaquia, incurrimos en una esquizofrenia moral de todo punto inaceptable, al menos tanto como pueda sernos inaceptable la consideración hacia los humanos varones mientras justificamos la violencia hacia las mujeres, o la defensa de aquellos humanos adscritos a la ideología de izquierdas al tiempo que apoyamos las prácticas terroristas contra los políticos de derechas. Y quizá hayamos llegado con este postrero apunte a uno de los campos más interesantes cuando de ética tratamos. Queremos decir con ello que, de aceptar con relajación y naturalidad que pueda definirse la violencia contra las mujeres como “terrorismo doméstico”, o el vertido deliberado de sustancias tóxicas en la naturaleza como “terrorismo ambiental”, o la irresponsabilidad de ciertos conductores como “terrorismo vial”, o el egoísmo de ciertos empresarios como “terrorismo patronal”, o la liberación solidaria de prisioneros animales como “ecoterrorismo”, acaso estemos –por pura y simple lógica deductiva– en disposición de llamar a las cosas por su verdadero nombre, y manifestar por tanto que la violencia gratuita ejercida sobre inocentes –los animales lo son en grado absoluto– merece por igual tan áspero epígrafe. Bien pudiéramos estar hablando entonces de “terrorismo taurómaco”, que como todas las demás formas de supuesto terrorismo tendría sus acólitos, se supone que tan despreciables desde una perspectiva solidaria como puedan serlo los machistas asesinos, los militantes de Al Qaeda o los pederastas. En tal caso –y solo en él–, el partido político al que pertenece y usted mismo serían auténticos y reales apólogos de la violencia taurómaca, una cara más de la realidad terrorista como concepto moral, cultural en este particular caso, aunque no por ello menos lesiva para sus víctimas: toros y caballos. Resulta ontológicamente imposible no llegar a tal conclusión si nos abonamos a una concatenación lógica de los hechos, y visto que el Partido Popular, con usted al frente desde su condición de Ministro de Cultura, ha hecho público su apoyo a la mal llamada Fiesta (pues no lo es desde luego para todos los que en ella participan). Es por ello que, a nuestro humilde entender, poseen ustedes una autoridad moral ciertamente atenuada cuando exigen a otros la condena de ciertas formas de violencia terrorista (en concreto, la ideológica), mientras incurren en idéntico comportamiento ante otras manifestaciones de agresión unilateral igual de terrorista, y aun con el agravante de responder a una naturaleza lúdica, como es el caso.

Nos gustaría que leyese con atención el presente escrito –seguro que lo está haciendo si hasta aquí llegó–, y que nos hiciera llegar sus apreciaciones al respecto, seguro que muy ilustrativas, pues no en vano ocupa un cargo de peso tanto en el fondo como en la forma.

Quedamos pues a la espera de sus reflexiones, tras ofrecerle nosotros las nuestras. Reciba, mientras tanto, un cordial saludo de,

 

Kepa Tamames

Portavoz de ATEA


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