EL CRIMEN DE TORDESILLAS

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Por KEPA TAMAMES

 

Puede que el título no sea demasiado original, pero al menos es deliberado, en un deseo consciente de recordar la famosa película (El Crimen de Cuenca) que relataba la tortura infligida a unos inocentes a manos de la Guardia Civil, el cuerpo policial del Estado por excelencia durante décadas. Seguramente debido a crueles paradojas que solo pueden darse en una sociedad intelectualmente narcotizada y éticamente en avanzado estado de descomposición, el mismo cuerpo que arrancaba las uñas a aquellos pobres analfabetos se encarga hoy de salvaguardar el derecho de los ciudadanos de Tordesillas a clavar lanzas en el cuerpo de un individuo (toro, en este caso) al menos tan inocente como los desgraciados del citado film.

Bajo el grosero pretexto de la tradición y la cultura (¡como si ambas fueran en sí mismas legitimadoras de la violencia gratuita!), la localidad vallisoletana se dispone, doce meses después, a llevar a cabo lo que no es más que el linchamiento público de un ser indefenso. Elegido sufrirá el acoso de miles de personas enardecidas por hacer cumplir la sacrosanta tradición. Respetables padres de familia que educan a sus hijos en valores como la solidaridad y el respeto al semejante, mujeres que vinculan su igualdad social a la participación en la fiesta, y candorosos niños que dibujan animales sonrientes en el colegio durante este inicio de curso. Los mismos padres y madres que ponen exquisito cuidado en no taladrarse la mano mientras hacen sus pinitos con el bricolaje casero; las mismas mujeres y hombres que usan el preceptivo dedal para no pincharse mientras bordan el anagrama de la Peña de turno; los mismos niños que lloran desconsolados cuando, por simple descuido, se grapan un dedo en clase. Son en muchos casos las mismas personas que se reúnen en la plaza del pueblo para condenar otras variantes de la violencia unilateral humana: canalladas como el terrorismo político o doméstico. Ellos y ellas, que se espantan ante el sufrimiento propio, ejercen impasibles el papel de verdugos en una escandalosa ejecución sumaria.

Hastiado estoy (aunque se ve que todavía no lo suficiente) de repetir que no existe un sufrimiento “animal” y otro “humano”. De decir y escribir que solo existe el sufrimiento: la terrible experiencia del dolor. Y que, precisamente por ello, tan indeseable resulta esta para unos como para otros (hombres, niños, mujeres), sin que cuestiones como la especie biológica a la que pertenece la víctima aporte al debate nada importante.

En una sociedad éticamente decente, los ciudadanos y ciudadanas de Tordesillas serían detenidos por las mismas fuerzas del orden que ahora garantizan el buen discurrir del festejo, conducidos ante el juez, y condenados a penas severas por crueldad con agravante de alevosía. Pero es este un país donde determinadas versiones del crimen organizado han sido elevadas al rango de cultura, donde la administración se erige en garante de la tortura pública, pues eso y no otra cosa es el infame Toro de la Vega. El mismo país donde muchos políticos actúan como valedores de la agresión institucionalizada y los medios de comunicación como pilares para la propaganda y la loa.

Solo un ingenuo radical puede creer a estas alturas que el Estado español ha abolido en la práctica la pena de muerte por el mero hecho de estar proscrita de facto la ejecución de seres humanos.

Mientras Tordesillas mancha un año más su cerebro y su corazón de sangre inocente, los animalistas seguiremos denunciando estos crímenes execrables, con la esperanza de que, tal vez en un futuro no muy lejano, alguien decida rodar una película –cuyo título ya pueden imaginar, a poco avezados que sean– que nos avergüence a todos de un pasado plagado de miserias morales.

[*] Escribí la primera versión de este artículo allá por 2002. El principal cambio en las sucesivas versiones fue el nombre de la víctima. ¡Qué país tan triste!

 

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