TERAPIA CON ANIMALES

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Por KEPA TAMAMES

 

Se asume por defecto que, cuando hablamos de “medicinas alternativas”, nos referimos a aquellos métodos que se salen en alguna medida de las vías convencionales y aceptadas por la comunidad de expertos. Sin embargo, resulta revelador que bajo este epígrafe no suelan incluirse aquellas terapias basadas fundamentalmente en la utilización de las emociones. En tal sentido, los entendidos en la materia se rindieron hace ya mucho tiempo a la evidencia de que un entorno afectivo adecuado aporta con frecuencia mucho más que toda la batería de fármacos a la que nos tienen acostumbrados. Pues bien… si admitimos que el factor emocional resulta decisivo a la hora de superar con éxito determinadas dolencias, dicha asunción incorpora automáticamente a los animales como parte de esa realidad.

En sí misma, el empleo consciente de animales como vectores terapéuticos es una especialidad relativamente reciente, pero que ha adquirido un importante auge en las últimas décadas dentro de diversas disciplinas científicas, especialmente en el caso de la psicología clínica. Consecuencia de todo ello es que algunas instituciones han acabado orientando buena parte de su labor al desarrollo de programas cuya finalidad es la de contribuir a conseguir mejoras tanto físicas como psíquicas en pacientes aquejados de muy diferentes dolencias, así como la de acelerar y favorecer su reinserción social. Cada vez es más frecuente que la conocida como Terapia Asistida por Animales de Compañía (TAAC) forme parte de programas oficiales, y sea de gran ayuda en realidades como el Síndrome de Down, enfermedad de Alzheimer, o determinados cuadros de autismo. De la misma forma, parece que se han mostrado como importantes elementos de apoyo a la hora de paliar episodios de ansiedad en ancianos solitarios, reclusos o menores en proceso de reeducación. En estos dos últimos casos, se trata de reforzar la autoestima y el sentido de la responsabilidad, constatándose una mejora en las relaciones entre internos y de estos con los educadores.

La presencia de animales de compañía (generalmente perros, pero también gatos) en residencias de la tercera edad dota a la vida cotidiana de sus residentes de un mayor sentido, disminuye su estrés y alivia los procesos depresivos propios de esta periodo vital. Además, los animales actúan como hilo conductor en las relaciones sociales, y constituyen un elemento clave a la hora de ampliar sus círculos de amistades. La incorporación de determinados animales en programas para niños con disfunciones comportamentales es frecuente, actuando como catalizadores, y son de gran ayuda a la hora de la diagnosis.

Pero, con todo –e independientemente de los indudables beneficios, que los hay–, el uso de determinados animales en situaciones como las descritas expone para una ideología como la animalista una situación que, cuando menos, plantea una serie de dilemas éticos que deben ser abordados con objetividad y al mismo tiempo con grandes dosis de prudencia. En dicho contexto, parece claro que los animales son empleados como meros recursos a nuestra disposición, y ello los reduce a simples objetos que los humanos –por causas más relacionadas con nuestra naturaleza egoísta que con argumentos sólidos– deseamos tener a nuestra disposición en todo momento. Por otra parte, debería apreciarse con facilidad que en determinadas ocasiones ambas partes (animal y humana) puedan verse beneficiadas de estas realidades. En tales casos, ¿cómo emitir un juicio crítico? Muchos creemos que, aportando la debida honestidad moral por nuestra parte, determinadas iniciativas no merecen sino elogio. Si todos ganan, se trata sin duda de una situación óptima.

La realidad se nos muestra sin embargo algo menos glamurosa que la que nos quieren vender desde los sectores interesados económica y publicitariamente en la existencia de la zooterapia. La utilización de animales como elementos terapéuticos en centros penitenciarios puede ser un buen ejemplo. No conseguir “el éxito deseado” quizá signifique algo tan sencillo como que los reclusos consideraron el programa una cursilería, y que estamparon a los cachorros contra la pared para hacérselo saber a los monitores. Todos los logros conseguidos con un niño autista pueden quedar truncados cuando, en una inocente expresión de cariño hacia su nuevo amigo, acabe partiéndole la columna al conejo con el que tan estrecha relación mantenía, y que será sustituido rápidamente por otro, para no echar por tierra los buenos resultados del programa. Los rimbombantes reportajes sobre la materia que nos regalan las revistas dominicales no suelen aportar datos sobre qué sucede con los animales “adoptados” por una comunidad de ancianos cuando la residencia echa el cierre por motivos económicos, o en qué situación quedan si se traslada a un lugar mejor, en el caso de las familias de gatos a los que cuidan y alimentan. Durante la tradicional visita al zoológico o al circo, a los niños con problemas no se les explica que, en realidad, se trata de prisioneros sin culpa alguna, a los que se aplican castigos físicos dolorosos –y otros métodos psicológicos más sutiles, peri igualmente perniciosos– para conseguir el comportamiento deseado sobre la pista. En un plano educativo, ofrecer una versión edulcorada de esta brutal realidad constituye un verdadero fraude didáctico. Estoy seguro de que pocos entre quienes lean este artículo han pensado alguna vez en el futuro que les aguarda a los perros lazarillo ancianos que por ello ya no pueden aportar a su tutor las prestaciones para las que le fue cedido, tras toda una vida de frustraciones y aburrimiento.

Pero retomemos de nuevo la cara amable del tema (que la tiene, como quedó dicho), y reconozcamos todas aquellas situaciones de las que ambas partes puedan salir beneficiadas. Per se, el uso de animales como agentes terapéuticos no debería merecer especiales condenas, sino más bien lo contrario. En cualquier caso, España está aún muy lejos de esas sociedades donde se permiten las visitas de nuestro compañero perro a la habitación del hospital, o de otras en las que los programas para la adopción de animales por parte de personas mayores incluye la garantía de que nuestro compañero gato será a su vez adoptado por otro tutor si desaparecemos antes que él.

Por otra parte, no debemos olvidar que nosotros somos también elementos terapéuticos para los animales: paliamos su angustia, les rescatamos del corredor de la muerte para ofrecerles una vida plena, o los incluimos en nuestros planes lúdicos como lo que realmente son: uno más de la familia.

 

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