POR LOS CERDOS

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Por KEPA TAMAMES


Con frecuencia se nos pregunta –a quienes militamos en organizaciones proteccionistas– por qué los humanos admitimos que deben tratarse con respeto a unos animales mientras no sentimos la más elemental compasión por otros. Parece claro que tal actitud obedece a la “categoría” que les hemos asignado a lo largo de nuestra historia ética, el estatuto moral del que gozan, o habría que decir en este caso “que sufren”. Así, pocos de nosotros justificamos los malos tratos a los perros, a las ballenas o a las aves rapaces. Los primeros portan desde tiempo inmemorial la etiqueta de “amigos”, las segundas se han acabado convirtiendo en un icono conservacionista, y las últimas pasaron de ser alimañas (por cuya captura la administración pagaba una recompensa hasta no hace tantos lustros) a animales con valor ecológico a los que no se puede molestar bajo ningún concepto. En consecuencia, vemos que algunas especies siempre nos han merecido una cierta consideración, y que con otras se ha conseguido tras una ardua tarea educacional.

Por desgracia para ellos, una generosa mayoría de los animales a los que obligamos a vivir en nuestro entorno no pertenecen a ninguna de estas dos categorías, y por ello siguen cargando con el estigma de “animales-recurso”, a raíz de lo cual se les niega cualquier tipo de derecho básico, como son los concernientes a la vida y a la integridad tanto física como emocional. Y, en dicho plano, los cerdos desempeñan el citado papel como pocos.

Estamos, en efecto, ante un ser que no despierta apenas simpatías, una y mil veces satanizado, y ridiculizado hasta el hastío. En tal grado todo ello, además, que su sola defensa provoca desconcierto, mofa y hasta indignación (quizá por este orden). Sin embargo, cualquiera de las docenas de miles de cerdos que electrocutamos cada día tras haberles condenado a una vida miserable podría haber sido un perfecto compañero de juego si se le hubiera dado esa oportunidad, tal y como hacemos con nuestros perros y gatos. Aunque a muchas de las personas que leen esto pueda parecerles extravagante, a los cochinos les encanta que les rasquen la panza, como a cualquier hijo de vecino, corretear por un prado persiguiendo olores, o tumbarse a descansar a la sombra, al sol, o básicamente donde les salga del hocico, que para eso tienen la misma capacidad de elegir entre diferentes opciones, igual que usted y que yo mismo. Pues sí, resulta que los “despreciados” cerdos son tan animales, tan vertebrados y tan mamíferos como cualquiera de nosotros, con idénticas terminaciones nerviosas y similar interés en no ser agredidos. Sorprendente, ¿verdad? En realidad, no debería serlo tanto; a no ser que, por el peregrino hecho de ser cerdo en lugar de político (les aseguro que no he querido hacer con ello ningún chiste fácil) nos creamos legitimados para considerarlos enseres insensibles en lugar de individuos con intereses propios. Si alguien sufre de manera gratuita, no hay excusa para volver la cara y dejarlo en manos de su verdugo, independientemente de la especie biológica a la que pertenezca dicha víctima.

Lo que hacemos a diario con los cerdos (encerrándolos de por vida en pocilgas infectas, no permitiéndoles siquiera que se relacionen entre ellos, frustrando a perpetuidad todas sus necesidades físicas y afectivas, o tratándolos como simples masas de carne sin ningún valor que no sea el económico) constituye uno más de los crímenes abyectos que la sociedad humana comete a diario con los [demás] animales. Es –digámoslo claramente– un acto de agresión institucionalizada en el que la mayoría de la sociedad participamos en algún grado. En tal sentido, resulta preocupante (y al mismo tiempo ilustrativa) la autocomplacencia de mucha gente, satisfecha consigo misma por condenar la violencia doméstica (malos tratos en el entorno afectivo), política (terrorismo) o cultural (racismo, homofobia), mientras admiten impasibles la más atroz de las violencias que existe en nuestra sociedad: la que ejercemos sobre los animales.

Al admitir con total naturalidad los cuerpos inertes –cuarteados o íntegros, según casos– en los comercios del ramo de individuos cuyo único “delito” fue nacer cerdo en lugar de lince ibérico, no hacemos otra cosa que poner en práctica la forma de discriminación más devastadora que hemos inventado: el especismo.

 

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