CON MAYÚSCULA

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Por KEPA TAMAMES

 

Demasiada gente sigue todavía viendo la actividad y la mera existencia del Movimiento Animalista como una ofensa. Y parece que no existe una razón principal para ello, sino dos. La primera supone que deberíamos destinar nuestros recursos a paliar el sufrimiento humano, y no “desperdiciar el tiempo salvando animalitos”. Tal hipótesis se basa –imagino– en la absurda premisa de que no pueden llevarse a cabo dos luchas solidarias a la vez, cosa obviamente falsa, como lo demuestra el hecho de que el grueso de la sociedad condena realidades paralelas e inconexas entre sí como la explotación laboral infantil y la violencia hacia las mujeres con total naturalidad, sin que se dé ninguna suerte de incompatibilidad entre ambas. A nadie se le ocurriría sugerir que luchar contra situaciones traumáticas por separado como el hambre y el cáncer es incompatible. ¿Por qué pensar entonces algo tan extraño si de la defensa organizada de los animales se trata? Por lo general, la gente disfraza de argumentos lo que no son sino burdas excusas para quitarse de encima cuestiones moralmente incómodas. Es por ello que se recurre a afirmaciones tan reduccionistas como la que afirma que “los humanos están primero”, propuesta que encierra la perversa idea de que hemos de poner por delante los intereses del verdugo respecto a los de la víctima.

La segunda razón a la que antes aludía surge de un pensamiento igualmente equivocado, aquél que presume que “hay cosas mucho más importantes que defender a los animales”. No es cierto. ¿Significa esto que no hay lucha que merezca más nuestra atención que la animalista? Es exactamente lo que significa, en efecto. Con ello no trato de abonarme a una afirmación efectista pero hueca, sino adherirme al rigor, si nos atenemos a ciertos escalofriantes datos estadísticos: cada segundo mueren en el mundo a manos de la comunidad humana un número no inferior a tres mil animales, para los que su propia desaparición supone la única liberación a la que pueden aspirar. Confieso que nunca he podido digerir esta cifra. Quienes tenemos la maravillosa oportunidad de convivir a diario con miembros de otras especies conocemos la amarguísima experiencia de su desaparición física. Y es ahí donde radica mi incapacidad para aceptar tan demoledora cifra: ¡tres mil cada segundo!

Quizá la gente no lo sepa, pero nunca existió actividad humana alguna que generara tal cantidad de sufrimiento gratuito como lo hace hoy la agresión a los animales. Nada en lo que podamos pensar supera en dolor a este fenómeno. Por eso, si acaso tuviéramos que optar por una única vía militante, deberíamos hacernos defensores de los animales. Por fortuna no nos vemos obligados a elegir entre diferentes causas solidarias, quedarnos con una y descartar las demás, antes lo decía. Pero conviene dejar claro el anterior punto, porque solo él pone a cada cual en su sitio. Las revoluciones que ha conocido nuestra historia biográfica como especie se quedan pequeñas ante la magnitud de la revolución que hacemos cada día boicoteando los circos, la carne, las pieles, ciertas cremas faciales… Y adoptando animales para ofrecerles un hogar definitivo. Siéndolo las demás, esta es la Revolución con mayúscula.

  

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