IMVÉCILES

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Por KEPA TAMAMES

 

Como protocolo personal e intransferible, trato siempre de ponerme en carcasa ajena (la consabida y nunca bien ponderada empatía), especialmente en la de aquellos que se comportan de una manera para mí enigmática, intento comprenderlos, aprender que acaso haya razones más allá de la ética propia que doten de sentido a según qué comportamientos, por abyectos que parezcan prima facie. Quizá sea esta la mía una forma como otra cualquiera de tara mental, y yo un perfecto inconsciente, quién sabe. Es así que he llegado a “comprender” –el entrecomillado no es vano, entiéndase la afirmación en su contexto– al maltratador machista, al militante etarra, al vecino de Tordesillas mediado septiembre. Afronto ese esfuerzo empático, sobrehumano por momentos, para llegar en ocasiones a ver el mundo desde su óptica y poder por ello ejercer una objetiva crítica sobre todos, por cuanto promueven e incluso ejecutan actos en sí mismos injustos: atentar contra los intereses elementales de una mujer inocente, los de un policía, los de un toro. No alcanzo a percibir diferencia alguna –lo dije antes cientos de veces y queda aquí corroborado, firmo y rubrico– entre las realidades recién mencionadas. Lo dejo ahora claro si antes no lo hice, y establezco la oportuna precisión, que siempre fue hecha y con frecuencia no entendida, mucho me temo que con la también oportuna consciencia y hasta mala baba, pues es agosto mal mes para ciertas declaraciones a la prensa, por aquello del parón liguero y hasta político, que de lo que se cría se come. La precisión a que me refiero pasa por equiparar la terna de escenarios desde su carácter indeseable para la víctima, con independencia de su condición social, y por supuesto de su especie. Se muestran tales factores –vagina de serie, uniforme, cuernos– por completo irrelevantes a la hora de calibrar lo indeseable de una acción para quien soporta sus efectos. No procede por tanto hablar aquí de grado, sino de la etiqueta moral que se asigna a dicha acción. Así, a bote pronto y respecto a la calidad del acto, no se adivinan muchas posibilidades: o es bueno (deseable), o malo (indeseable), o neutro (indiferente, pues a nadie causa ni bien ni mal). No resulta deseable para ella recibir una tunda de golpes de su pareja, como no lo es para el agente saberse deseado como diana, un certero tiro en la nuca; tampoco para el toro que cada septiembre se ve acosado por una turbamulta borracha de tradición, me importa menos si también de alcohol, la locura medieval desatada en pleno siglo XXI en medio de una alameda polvorienta y tétrica, ellos y ellas enumerando entre balbuceos ante el micrófono la retahíla de argumentos que hacen dudar de su –nuestra– en principio ganada racionalidad. Nunca tuve duda, menos aún diccionario en mano, del carácter criminal del tan traído y llevado Toro de la Vega, orgullo patrio de la ciudadanía local, adscrita, levante el dedo quien se vea capaz de ofrecer una explicación lúcida al dilema, a la misma especie que Gandhi, Schindler, Ferrer.

Quienes organizan, promueven y ejecutan a un inocente son criminales por su propia acción, elegida con tanta libertad como ignominia, y no cabe achacar atisbo de mala fe al definidor, un servidor para el caso que nos ocupa, quien, lejos de insultar, se limita a algo mucho más escueto: emitir un sencillo diagnóstico. Cuando supe que para el crimen de este año han elegido a un reo de nombre Aflijido, y tras larga y profunda reflexión (me refiero a la mía, no a la de ellos), considero que además de criminales les es por igual justa la asignación de imvéciles, y ustedes se harán cargo de la uve si hicieron lo propio con la jota en el nombre del pobre animal, así escrito, con un par, en el programa oficial de fiestas, hecho que sin duda tendrá su docta explicación, porque en el mundo de la imvecilidad cualquier cosa la tiene. Porque se necesita ser muy, pero que muy tonto para decidir que precisamente ese, Aflijido, será quien corra despavorido para huir de los enfermos hasta alcanzar el campo abierto, esperando encontrar allí salida a la pesadilla, pobre ingenuo, se aboca el cuitado a su propia muerte. Los imvéciles de Tordesillas (con las luminosas excepciones que seguro merecen rescate en la siniestra localidad) ni se enteran de que eligiendo a un condenado con tal nombre se enfangan un poco más si cabe en su pozo séptico. Y encima se muestran al mundo ontológicamente incapaces de escribirlo con corrección; ni eso. La gente de Tordesillas se enroca en su propia demencia, abandonados ya por buena parte del país en su absurda cerrazón, dejan pasar cada septiembre el tren de la cordura, contemplan el convoy desde el andén con una sonrisa bobalicona pintada en el rostro, parecen abonarse al suicida “cuanto peor, mejor”. ¿De qué pasta está hecha esta gente? Me hago una y otra vez la misma pregunta y sufro el desconsuelo de no hallar respuesta lógica. Conozco a terroristas que lo fueron –pagaron ya su culpa– por motivos ideológicos, me cuentan en íntima tertulia que deseaban un mundo mejor, que se vieron impelidos a la bomba y a la metralleta por no encontrar otro camino mejor para luchar por algo que creían lícito, que asumieron el daño causado a inocentes como una suerte de “injusticia necesaria”, y a mí también me chirría la definición. Pero ¿qué buscan los tordesillanos cada septiembre? ¿Qué persiguen con su crimen, si no es meramente la burda, cansina repetición de la barbarie? Hoy debo rectificar en mi apreciación tantas veces emitida, y decir que esta gente se supera a sí misma, deja atrás la mera condición de terrorista, para alcanzar mayores niveles morales de perversión que por su propia complejidad fáctica espera diagnóstico y denominación médica. Y encima son imvéciles.

 

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