CUÁNTOS

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Por KEPA TAMAMES

Con el siempre loable objetivo de que no se empañe la sana alegría deportiva y de que no torne el entusiasmo en disgusto, advierten las autoridades competentes a las fogosas aficiones que observen extremo cuidado con los perros de la calle. Cuentan las crónicas que hay más de cien mil deambulando por las calles de Bucarest en busca de alimento y refugio. Son cazados mediante métodos inmisericordes, como corresponde a la ética local, y los eliminan en masa, cual si fueran judíos y gitanos en época no tan lejana. De hecho –y en este punto la amargura se vuelve trágica–, hay entre los gestores que ordenan despejar las calles de morralla canina, hay, digo, judíos y gitanos, descendientes directos de aquellos que fueron gaseados en grupos de a veinte aún no hace ni un siglo. Es así que parece que no hayamos aprendido de los errores, y aún menos parecemos dispuestos a ceder un ápice en nuestro adobado egoísmo.

Reitero la impresionante cifra: cien mil. Cien mil almas en pena que no tendrán la menor oportunidad de conocer el calor de un hogar, la dulce sensación de pertenecer a un clan que vela por tus intereses, y a quien a tu vez cuidar. Cien mil fantasmas que enseñan los dientes al primer humano que se cruce en su camino, porque saben que nada sino sufrimiento y dolor puede venir de los monos bípedos, bien lo padecen a diario. Como a diario vienen al infierno –nacen– cientos de cachorros en las calles de la capital rumana, ángeles desvalidos que rápidamente se percatan de que, o muerdes, o vas al hoyo, y peor aún: de que irás al hoyo muerdas o no, porque eres perro callejero. Si basta con ser judío para que vean algunos francotiradores en ti una perfecta diana, ¿no habrá de suceder otro tanto si eres chucho sarnoso?

Cuentan las crónicas que se gestó la actual plaga perruna allá por la pasada década de los ochenta, cuando el dictador Ceaucescu dictó la prohibición de animales de compañía en los hogares. ¿Oyeron ustedes algo al respecto entonces? ¿Tuvieron noticia de la situación durante estos últimos veinticinco años? Ha tenido que ser un evento deportivo el que destape la tragedia, y me refiero con ello naturalmente a la que padecen cien mil desgraciados vagabundos en su drama cotidiano, no al mal gesto que pudiera regalarle uno solo de ellos al aficionado, pertrechado este de bufanda y banderín, exclusivos ambos para tan magno acontecimiento.

Cien mil perros se buscan la vida a diario en las tristes calles de Bucarest, no hallando sino hambre, muerte y desprecio. Y me pregunto ahora sobre otra cifra, la de aficionados que se van a dejar una pasta en viaje, entrada y pernocta para ver al equipo de sus amores en tan histórica cita, todo muy lícito y comprensible, no seré yo quien me oponga a que cada cual se gaste los cuartos en lo que estime oportuno. Pero aparco la corrección política de golpe y porrazo, para interpelarme sobre cuántos de ellos –sigo con los hinchas y forofos– abonan una cuota a la organización solidaria de turno, oriente su labor a niños africanos o canes rumanos, qué más dará si de ayudar al paria se trata. Cuántos entre ellos y ellas están dispuestos a pasarse varios días acampados sobre el asfalto urbano por conseguir una entrada, cuántos se lanzan a la adquisición de la camiseta oficial (omito el precio), grabada esta con la histórica fecha. Porque sabido es que los desvelos de una generosa mayoría de aficionados empiezan y acaban donde lo hace su club del alma, pues supone para estos un gol a favor el mayor júbilo, como un penalti en contra la mayor desdicha. Quisiera conocer cuántos de entre quienes se desplazarán al otro extremo de Europa en avión, en coche, en tren –los habrá quienes optarán por el siempre ecológico monopatín, todo con tal de protagonizar una contraportada en el periódico local, lo más de lo más–, cuántos destinan siquiera una décima parte de ese tiempo y dinero a su cuota solidaria. Sería esta sin duda una buena excusa para la consabida y popular encuesta. Pero todo apunta a que tienen en cartera las empresas de opinión temas mucho más profundos y originales: intención de voto, valoración ciudadana de las distintas castas sociales, o mismamente quién se llevará las finales futboleras que nos regala cada florido y hermoso mayo. Consciente de que nadie osará publicar el presente artículo –se erige la opinión indebida en moderna herejía, y no escasean en tan siniestro escenario ciertos oscuros Torquemadas a sueldo, desde ampulosos responsables de sección a becarias de nuevo cuño–, me interpelo sobre esta íntima y dolorosa cuestión: ¿Cuántos? Dicho lo cual, que gane el mejor.

 

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