ARMADOS DE DAGA Y ESTILETE

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Por KEPA TAMAMES

 

 

“Si no les gusta el Toro de la Vega, que no vengan”. Con esta elaborada sentencia filosófica sacaba pecho ante los micrófonos el valiente que lanceó a Volante, un ser derrotado de antemano, que no pretendía con su alocada carrera sino encontrar la salida hacia la dehesa, su casa de toda la vida, y con toda probabilidad hasta pueda ser que soñara la noche anterior con reencontrar a amigos toros y a colegas humanos, pues desde siempre existieron casos de dramática complicidad entre víctimas y verdugos, ingenuos aquellos, perversos estos.

Pues eso, que dice el chavalote de La Seca que "a quien no le guste, que no vaya". Sergio, querido… está claro que no has entendido nada, ni lo más elemental entre lo básico. En el caso que nos ocupa, y que no es otro que una ejecución sumaria y tumultuosa, hay que ir precisa y particularmente a Tordesillas porque no gusta. Hay que ir allí para deciros a un palmo de la cara lo que sois: unos desalmados, unos palurdos iletrados, unos criminales impúdicos. Pero sobre todo unos pobres infelices. Lo decía el corresponsal de un periódico extranjero –no recuerdo cuál ni de dónde– cuando le preguntaban sobre sus sensaciones durante la pasada edición, que se vio obligado a apreciar in situ por cuestiones de trabajo. “Gente triste –resumía–; me pareció una fiesta muy triste con gente aún más triste. No parecía una fiesta. La masa me transmitió una sensación desasosegante, parecía que todos estaban cabreados”. Bueno, supongo que es una forma de expresarlo: la suya, para más señas, personal e intransferible, como de hecho lo son todas. Pero digo yo que el más triste y perturbado entre todos sería Afligido –escrito con jota en el programa oficial de fiestas, no les miento– el reo precondenado de hace un año. A mí, que la gente esté apenada o exultante en semejante chacinería me la trae un poco al pairo, pues el resultado viene a ser el mismo: la agresión y muerte de un inocente. Pero quizá la cosa tenga su recorrido en el particular campo de la antropología social, y hasta de la psicopatología. Si uno asiste [forzado] a un festejo coral y se lleva la nítida sensación de que los participantes tenían cara de vinagre, algo no cuadra: o el observante percibió errada la realidad, o necesitan los lugareños tratamiento de choque urgente.

Sergio se trasladó desde una vecina localidad para participar en el torneo, sobre el que me juego lo que quieran a que no sabe ni cuándo comenzó ni por qué, ni rábanos que le importa. Pero es lo mismo, porque sabido es que estas cosas vienen de muy antiguo, de cuando la Edad Media, y siendo así, no puede permitirse que tradiciones tan añejas se mustien y acaben por desaparecer. Lo del valor intrínseco de lo antiguo adquiere en ciertas mentes una consideración extraña, por cuanto selectiva. Son capaces estos personajes de echarse a llorar de emoción (“¡Es que no se puede expresar con palabras!”; ¿les suena de algo?) por lo antiquísimo del evento mientras encienden en su casa el aire acondicionado y se acercan en buga de última gama a comprar tabaco al estanco de la esquina, al tiempo que hablan por el aifon (sic) con Zutano y Menganito, ardientes defensores por igual estos de las más añosas costumbres, pero aferrados como lapas a la buena vida moderna. Nada nuevo bajo el sol. Muchachotes así se quedarían en simples caraduras si no fuera porque llegan a íntegros sinvergüenzas. “Al que no le guste, que no venga”. ¡Valiente sandez! Me la juego de nuevo, y advino esta vez a nuestro protagonista confesándose lector empedernido –del diario Marca–, y apuntando a un tal Ronaldo como su personaje histórico favorito. Le dan a uno entonces ganas de empezar con el rollo ese de que cuando hay víctimas inocentes que sufren la violencia gratuita y unilateral de agentes morales no cabe reducir el debate a una cuestión de gustos entre partidarios y detractores, como si la víctima principal no existiera, o fuese esta un mero elemento de atrezzo en el polvoriento pinar. Antes que a cualquier otro actor, habría que preguntarle a él, al torito aterrado, y fiarnos de sus ojazos de cristal, donde todavía se refleja su querida encina, a la que ya nunca volverá. Pero mucho me temo que con tales aguerridos lanceros no valen de mucho ni silogismos ni metáforas. Lo único que estos ciudadanos entienden es la hostia en la cara. Que se presenten en su domicilio un grupo de jovencitos con nocturnidad y alevosía, armados de daga y estilete, y que le hagan ver en rápida y práctica lección que no está ni medio bien andar por ahí acuchillando el costado de animales que no le han hecho a uno nada. Que le espeten los visitantes entonces bien clarito, para que lo entienda hasta él, que allí solo están quienes gustan de la didáctica domiciliaria, y que los demás se quedaron en casa. “Al que no le guste, que no venga”.

¿De dónde salen estos individuos? ¿De dónde demonios surgen semejantes seres, capaces lo mismo de atravesar el corazón de Volante que de abatir a tiros una alondra en pleno canto? ¿Qué estamos haciendo mal para que siga habiendo, en pleno siglo XXI y en la ínclita Europa, sujetos como Sergio? A veces me da por pensar que lo peor de nuestra culpa pasa por quedarnos en casa, en lugar de ir a Tordesillas cada septiembre. Me percibo ahora por completo fracasado desde mi humilde condición de escritor amateur al no saber contestar con una mínima solvencia estas y otras similares preguntas. Pero, créanme, la fórmula didáctica antes apuntada, por fea y desagradable que resulte, es la única que aprecio eficaz en estos momentos para meterles en el cerebro a estos gañanes la idea de la empatía, y evitarles así la azarosa tarea de consultar el diccionario.

  

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