¡ES ABSURDO CONCEDER A LOS ANIMALES LOS MISMOS DERECHOS QUE A LOS HUMANOS!

sauna

 

HE AQUÍ UNA ASEVERACIÓN cierta en su totalidad. Tal pretensión, asumida en toda su literalidad, sería de verdad ridícula, al menos tanto como pretender conceder los mismos derechos a los ciudadanos de una ciudad francesa que a los de una comunidad indígena de las selvas de Borneo. Para los primeros puede suponer algo importante ejercer su derecho al voto, pero esto es algo que con toda seguridad no preocupa demasiado a los segundos. Así, perteneciendo a una misma comunidad zoológica (la comunidad humana en este caso), vemos que recurrir al campo de los derechos para tratar de zanjar la cuestión cuanto antes no es precisamente una estrategia eficaz, y lejos de dar carpetazo al asunto, abre nuevas puertas al debate. Ningún colectivo animalista serio ha sugerido jamás que los animales en su conjunto deban gozar de los mismos derechos (hablando en términos tanto cuantitativos como cualitativos) que los humanos, cogidos también estos en su conjunto. Y el hecho de que las organizaciones que se dedican a defender los intereses de los niños nunca hayan propuesto equiparar por completo los derechos de este colectivo al de los adultos puede aportar algo de luz a la discusión. En el tema que nos ocupa, hablar de derechos significa hacer referencia a los derechos básicos o primarios, y lo cierto es que no todos caben en esta denominación.

ES DE SUPONER que cuando los animalistas recurren a términos como “derechos para los animales” no se refieren a derechos que para ellos no tengan sentido práctico (como podría ser el derecho a la educación gratuita o a un mes de vacaciones pagadas al año), sino a algo que sí les afecta directamente, como el derecho a ser bien tratados, o dicho de otra forma, el derecho a la integridad física y emocional. Pensar que quienes defienden a los animales pretenden equiparar en su totalidad a dos conjuntos zoológicos (humanos y animales) ya de por sí afectados por una extraordinaria heterogeneidad, implica no tener el más elemental interés real por ahondar en la naturaleza de las tesis animalistas. Comprender la cuestión de qué derechos se pretenden para los animales no humanos resulta fundamental a la hora de percibir en todo su rigor el mensaje. Derechos similares deben originarse en realidades comunes constatables y con parejas características. Si dos individuos sufren al recibir un golpe, éste debe evitarse (o justificarse, aunque este extremo no suele satisfacer a los protagonistas del ejemplo) de igual forma, por encima de cuestiones como la clase social, la capacidad intelectual o la especie. Si el dolor que produce el golpe es de igual intensidad, debemos condenar también por igual al que lo provoca de forma gratuita, y luchar con similar ahínco para que hechos así no se produzcan. Son a estos derechos y no a otros a los que se refieren quienes se preocupan por los intereses de los animales, creo.

A TODO LO DICHO, conviene añadir que los derechos no son algo físico que viene adosado a nuestro cuerpo al nacer, sino una concepción teórica (una intuición moral, en definitiva) que acuerda una comunidad capacitada intelectualmente, de tal manera que alguien puede gozar de los derechos que otros decidan aunque el receptor no sea un agente moral ni posea capacidad para entender su condición de tal. Es lo que sucede con las aves, los niños, las vacas o los discapacitados psíquicos humanos. En último término, conceder derechos a quien no es capaz de entender su significado es una cuestión de generosidad moral. Lo que de verdad importa no es si el beneficiario comprende la teoría, sino si puede percibir el bienestar que implica su aplicación. 

 

FUENTE >>tu tambien eres un animal 2


 

 

 

 

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